“El silencio. Ninguna mirada los persigue, ningún grito los asusta, ninguna ambición los desvela. Son los años más felices de sus vidas, los años pacíficos en que no tienen que dar respuestas. Pablo sigue soñando con puentes y minas, indeciso entre mirar el mundo desde arriba o mirarlo desde abajo. Mientras tanto le basta el calor de su piel, su presencia, la sombra vertical de su cuerpo, que, ve de reojo, es la manecilla de la brújula que lo orienta en el desierto. Matilda continúa acurrucada en sus ojos, dentro y fuera del mismo color: azul cielo. Los cuadros de su regocijo son muchos […] el cuerpo desnudo de Pablo tendido a su lado con todas las cicatrices a la vista. Una historia de amor. Sobre todas las cosas, el cielo imperturbable… ‘¿te dije alguna vez, Pablo, que soy feliz?'”.
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